dilluns, 29 de juny de 2009

Hi havia la versió catalana, però m'he hagut de passar a la espanyola (de El Periódico)


Políticos colombianos proponen una ley de la infidelidad, vetar a los perros en parques y un toque de queda para niños

  1. Mientras, el narcotráfico y la pobreza castigan el país
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Rebelión Decenas de personas protestan, junto a sus perros, contra el proyecto municipal de Bogotá. Foto: EFE / LEONARDO MUÑOZ
MAURICIO BERNAL
BOGOTÁ

Se conoció popularmente como la ley de la infidelidad: un proyecto legislativo que pretendía multar con 20 salarios mínimos al colombiano adúltero. Hubo tormenta cuando el senador que tuvo la brillante idea anunció que estaba trabajando en ella, que no era broma y que estaba dispuesto a sacarla adelante, y un pequeño huracán cuando meses más tarde, en abril del 2008, presentó el proyecto ante el Congreso. El fiscal general declaró que no veía a sus hombres «persiguiendo a presuntos infieles», y en la calle la gente empezó a preguntarse si tal vez iban a crear una brigada de funcionarios dedicados a pescar a los amantes con las manos en la masa. Los juristas expertos dijeron que difícilmente pasaría el filtro del Tribunal Constitucional, pero no fue necesario llegar hasta allá: el proyecto fue desechado en la primera votación.
Aquí hay guerrilla, narcotráfico, hay paramilitares desmovilizados y vueltos a movilizar; hay millones de desplazados, violencia en el campo, altos índices de pobreza y un presidente deseoso de perpetuarse en el poder; es Colombia y hay todo eso, y políticos que más o menos se preocupan y hacen leyes para tratar de arreglarlo, o al menos para atenuarlo, y a su lado hay otros, no se sabe por qué, con unas extrañas ganas de trepar a los anales de lo raro, lo exótico o lo directamente absurdo. ¿El inefable espíritu de Macondo? ¿Cosas del país de la banana? Un ejemplo fresco: el proyecto de un concejal de Bogotá para prohibir la entrada de perros y gatos en los parques públicos de la capital. Hace algunos días, centenares de mascotas se manifestaron con sus dueños para lamentarse, reírse y pedir la marcha atrás de ese exabrupto.
Esto no es Noruega
El genio de la segunda brillante idea argumenta que los excrementos de los animales son un peligro para los niños, y afirma que su proyecto no veta la entrada en los parques, solo en las zonas de juego. Y lo dice como si legislara en Noruega, como si lo más natural al salir a la calle fuera encontrar zonas de juego perfectamente delimitadas. No; esto es Bogotá, Colombia, y aquí no hay de eso. Así que los que tienen mascota salieron a quejarse, y al día siguiente el diario El Tiempo –el de mayor circulación– publicó en portada la foto de un labrador negro con un cartel atado al cuello: «¡Amo a los niños! Quiero ir al parque. Por favor. Soy el mejor amigo del hombre». No hay que culpar al dueño. Ni al perro. Las propuestas ridículas generan respuestas ridículas.
En la misma línea absurda está la tercera brillante idea: un proyecto de ley que está en trámite en el Congreso (de momento, sin obstáculos) con el fin de instaurar un toque de queda permanente para los niños colombianos. De salir adelante, los menores de 16 años no podrán estar en la calle entre las diez de la noche y las seis de la mañana, se supone que para evitar la proliferación de pandillas juveniles y poner algo de freno al consumo de alcohol y drogas. El proyecto, por supuesto, ha sido mil veces criticado: columnistas de prensa y militantes de la izquierda han puesto el grito en el cielo y han dicho que es el acabóse, que no se puede prohibir por prohibir. La realidad es que está a punto de ser aprobado.
«Regreso a las cavernas»
Adúlteros, perros, gatos, niños… y también hay un proyecto para vetar la venta de licores alrededor de las universidades (con lo cual cientos de pequeños comercios probablemente quebrarán). Todas son iniciativas que caben bajo el paraguas de lo absurdo, pero hay otro rasgo que las emparenta: son ideas de la derecha. Al país le pesa cada vez más la diestra y por eso el diario El Espectador ha sugerido, con alarma, una especie de «regreso a las cavernas», el surgimiento de «un Estado sobreprotector y ultraconservador» y, sobre todo, de alguna manera, «un simple reflejo del autoritarismo y personalismo que existe en el poder». Y el poder es Álvaro Uribe.
Uribe: el presidente que cita a Dios y a la Virgen más que cualquier pastor estadounidense; el que lleva seis años intentando, en vano, volver a prohibir la dosis personal de droga –despenalizada por el progresista Tribunal Constitucional de los años 90–; el que sorprendió a propios y extraños cuando un día le preguntaron por las relaciones prematrimoniales y contestó: «Hay que aplazar el gustico». No solo es el presidente, sino, parece, una fuente de inspiración. Entre aplazar el gustico y acechar infieles hay poco trecho.